El lobo mexicano

 

Se cuenta que aúllan a la luna cuando está grande y redonda.

Su voz se oye a muchos kilómetros. ¡Auuuu! ¡Auuuu!

Es el aullido de un lobo. ¿Lo escuchas?

 

 

Hace muchos años era común oírlos por varios sitios.

Pregúntale a tus abuelos.

Ahora quedan muy pocos.

Pero se han creado programas para evitar su extinción.

El coyote y la zorra son parientes del lobo.

 

 

De seguro en tu casa hay uno o varios perros.

Pues también el perro es primo del lobo.

 

 

El lobo es el más grande y fuerte de toda la familia de los cánidos. A todos los animales que aquí ves se les llama así.

Éste es un lobo macho.

 

 

Tiene el tamaño de un perro grande. Pero si te fijas bien, verás que son diferentes. La cabeza del lobo es más grande. También su hocico, que es muy fuerte. Las orejas son anchas y están muy paradas.

Su pelo es de color gris y en algunas partes café con negro, como el de un coyote. Aunque la cara y la cola del lobo son más peludas.

Debajo de los ojos tiene líneas negras.

Parecen ojeras, ¿no?

 

 

La loba es más pequeña.

Hay lobos de varios tipos. Pero éstos son los que viven en nuestro país. Por eso se les llama lobos mexicanos.

Hace años, cuando había muchos lobos, vivían en los bosques o cerca de ellos.

Muchos habitaban en el norte y en el centro de nuestro país.

 

 

Es más, cuentan que allá en los llanos del norte había grupos que cazaban venados. Claro, esto era antes de que el hombre persiguiera sin descanso al lobo.

Ahora el lobo ha cambiado sus costumbres. Poco sabemos de él porque no se deja ver.

Antes vivían en grupos grandes, se les llamaba manadas.

Ya no hay manadas, sólo familias muy pequeñas y lobos solitarios.

 

 

Una familia la forman la pareja de lobos adultos y sus crías. Y pocas veces, uno o dos lobos jóvenes.

Los grupos son pequeños porque hay menos bosques y la comida es poca. Cuando se destruye un bosque, los animales que son el alimento del lobo se acaban o se van.

 

 

Los lobos son listos y saben que si andan en grupos grandes no alcanzará la comida para todos. Les gusta vivir en manadas, pero para sobrevivir han tenido que separarse.

Antes había grupos de cuatro a ocho lobos adultos.

Hoy día quedan sólo unos cuantos animales.

 

 

Siempre perseguidos por ganaderos y cazadores, los lobos se han escondido. En México viven en lo más alejado de las sierras de los estados de Chihuahua, Durango y Sonora.

 

 

Están siempre atentos. Cuidan que no haya gente cerca de donde ellos viven. Se esconden en los bosques tupidos donde hay pinos muy altos y encinos.

 

 

El piso está cubierto por pasto, zacate y matorrales.

En el bosque hace mucho frío. ¡Brrr!

En las ramas viven muchos animales, como ardillas, pájaros carpinteros y águilas.

Abajo, en el suelo, hay animales pequeños, como conejos, víboras y ratones.

 

 

También hay animales grandes, como coyotes, pumas y uno que otro oso.

Pero grandes o pequeños, todos temen encontrarse con una familia de lobos.

El lobo es un buen cazador. Prefiere atrapar a sus presas al atardecer y durante la noche.

 

 

Si anda en grupo, se alimenta de venados y de jabalíes.

Solamente así se atreve a matar animales fuertes o más grandes que él.

Cuando vive solitario, come muchos conejos, liebres y ratas. Así evita que se conviertan en plaga.

También se alimenta de ranas, lagartijas y, a veces, del fruto del mezquite, zarzamoras y fresas silvestres.

 

 

Si está solo no es tan fiero como se cree.

Le teme a algunos animales y también al hombre.

Por eso, para atrapar animales grandes, los lobos atacaban en grupo.

Ahora que son pocos cazan únicamente en pareja.

Siguen las huellas frescas de los animales.

Los ventean, es decir, por el olfato encuentran a su presa.

 

 

Luego, mueven la cola. Rascan la tierra, respiran más rápido, gruñen y se lanzan al ataque.

Mientras la loba distrae a la presa, el lobo le muerde la panza y las patas traseras. Una vez que cae al suelo, la devoran.

Como todos los animales que cazan, el lobo tiene y vigila un territorio.

 

 

Lo marca con orines y excremento.

 

 

El macho es el que marca el terreno, pero no nada más es de él. Allí vive y se alimenta toda su familia.

Una noche comienzan a aullar; es porque se acerca su época de brama. Con sus aullidos se llaman para encontrarse.

Cuando una pareja de lobos se une, el macho marca lo que será su territorio.

 

 

En las antiguas manadas, aunque había varios machos y hembras adultos, sólo se cruzaba la pareja que dominaba a los demás.

Esto era así para que no hubiera muchos lobos y la comida alcanzara.

 

 

Ahora que ya no hay manadas, la pareja de lobos solitarios cazan y permanecen mucho tiempo juntos.

El lobo organiza y dirige la cacería. También defiende a la familia y vigila el territorio. Si la pareja tiene crías del año anterior, el lobo les enseña a cazar.

 

 

La loba hace la madriguera.

Con sus patas, cava un hoyo debajo de troncos o piedras grandes. La cueva está escondida por pasto y matorrales y sólo tiene una entrada.

 

 

Al hacerla, la loba escoge un sitio elevado, para así poder ver a sus enemigos. Además busca que haya agua cerca. Los lobos necesitan mucha agua para beber, también les gusta bañarse y jugar en ella.

Los cachorros nacen en primavera, aproximadamente dos meses después de que sus padres se aparearon.

Los lobos tienen crías una vez al año.

La camada es de cuatro a siete crías.

 

 

Nacen con pelo, con los ojos cerrados y sordos, como los perritos.

En los dos o tres días que siguen, la loba sale muy poco de la madriguera. Se estira, bebe agua y vuelve adentro.

Pasa la noche y el día limpiando y dando de mamar a la camada.

Como a los diez días los lobitos abren los ojos.

Están calientitos junto al cuerpo de su mamá y la poca luz no lastima sus ojos.

A las ocho semanas los cachorros salen de la madriguera.

Por primera vez ven la luz del sol.

 

 

Calentándose al sol, los dos padres juegan con los cachorros. Y aunque son muy juguetones, no se alejan de la madre.

 

 

El lobo lleva comida para él y la loba, además cuida el refugio contra águilas y coyotes.

 

 

Las crías tienen ya dos meses de vida y cambiaron de dientes. Ya no beben leche y juegan a morder las orejas y patas de sus padres. Ahora comen alimento que sus padres mastican y devuelven para ellos.

Tanto el macho como la hembra les enseñan a cazar en grupo.

 

 

En el bosque la vida es dura. Muchos cachorros mueren antes del primer año debido al clima, alguna enfermedad o porque son devorados por otros animales.

A los ocho meses los lobos ya pueden valerse por sí mismos.

Se separan de los padres y vagan solitarios por el bosque.

 

 

Viven al aire libre. Por dos años no aúllan ni marcan territorio. Pero un día, buscarán a una hembra solitaria o se unirán a una pequeña manada. Y así, junto con su pareja, aullarán y tendrán crías. Siempre lejos del hombre y en lo más profundo del bosque.

Sobre el enfrentamiento entre el hombre y el lobo se han creado muchas historias, pero ninguna tan vieja como ésta:

Hace muchos años el hombre y el lobo se encontraron.

El hombre caminaba por el bosque cargando unos guajolotes. De pronto oyó un fuerte ruido que no había escuchado antes.

 

 

Sintió miedo y se detuvo para ver quién hacía aquel ruido. Esperaba encontrarse a un demonio, pero lo que vio fue un animal de hermoso pelo y profundos ojos claros. Era un lobo.

Pero el hombre desconfió del animal y apuntó su lanza contra él.

—¿Por qué me quieres matar? —preguntó el lobo con voz tranquila.

—Porque si no te mato, tú me comerás a mí y a mis animales —respondió el hombre.

—Yo nada más como animales del bosque —dijo el lobo—, ¿quién sabe si eres tú el que me quiere comer?

—No, yo solamente como lo que he criado —aseguró el hombre.

 

 

Entonces el hombre y el lobo se saludaron de corazón y cada uno siguió su camino.

Después el hombre olvidó su encuentro con el lobo. Y un mal día quiso matar un venado para quitarle la piel, que es muy bonita.

 

 

Iba persiguiendo al venado por la montaña, pero al correr cerca de un barranco, el hombre se resbaló y cayó.

El lobo, que estaba mirando todo, bajó hasta el fondo del barranco.

 

 

Cuando llegó, ya apestaba.

Lo único que encontró fue la carne y los huesitos destrozados del hombre.

Se sentó a un lado y comenzó a aullar más claro que nunca. Su aullido era como un llanto y, con él, los huesos del hombre empezaron a unirse otra vez.

 

 

Después, el lobo se tragó los pedazos de carne y los devolvió sobre los huesos.

Mirando al cielo, aulló de nuevo y la carne comenzó a pegarse con los huesos.

El lobo volvió a aullar y entonces el hombre respiró.

 

 

Por eso se dice que el lobo aúlla por las noches, tratando, con sus aullidos, de juntar las cosas que se han separado: la noche con el día, los lobos hermanos y el corazón del hombre con el bosque.

Cuento elaborado por: Alejandra González A.

 

Para sobrevivir el lobo necesita del bosque y de los animales que allí viven. Cuando los madereros tiraron los bosques muchos lobos pasaron hambre. Tuvieron que comer gallinas, chivos, borregos y vacas.

 

 

Por eso, los ganaderos los persiguieron y envenenaron. Todavía lo hacen. Pero el lobo fue astuto y huyó del hombre.

Aunque acorralados, quedan unos pocos en los bosques de las serranías. Fue tan excesiva su persecución que desde hace tiempo no se ven manadas, únicamente parejas o lobos solitarios.

 

 

El lobo no es bueno ni malo, es sólo un animal que debe seguir viviendo. Imagínate cómo sería el lugar donde vives si un día se acabaran para siempre los perros o los caballos. Pues así de vacío sería el mundo sin los lobos. Por eso debemos respetarlos, y también a los bosques si queremos volver a oír el aullido de un lobo en las noches de luna.